El impacto de la economía europea en Argentina desde 1810 “Crisis imperial y dilema federal” Miguel Galeano
A la memoria de Roberto, mi padre Al corazón de Sara, mi madre A Nazarena, Micaela, Sofía y Nacho, mis hijos A Noe mi compañera
Introducción La historia argentina suele narrarse a partir de sus acontecimientos políticos: revoluciones, guerras, constituciones, gobiernos y liderazgos. Sin embargo, detrás de cada decisión política existieron fuerzas económicas que condicionaron posibilidades, limitaron opciones y moldearon el rumbo de los acontecimientos. Comprender esos procesos resulta indispensable para entender no sólo el pasado, sino también muchos de los debates que continúan presentes en la actualidad. La Revolución de Mayo de 1810 no ocurrió en un vacío histórico. Fue el resultado de una profunda transformación del mundo atlántico, atravesado por la expansión del comercio internacional, la consolidación de nuevas potencias económicas y la crisis de los antiguos imperios europeos. La ruptura del orden colonial no significó únicamente el nacimiento de una nueva entidad política; implicó también la redefinición de intereses económicos, la disputa por los recursos y la búsqueda de un lugar dentro de un sistema internacional que se encontraba en plena reorganización. Desde entonces, la Argentina enfrentó una serie de interrogantes que atravesaron generaciones enteras. ¿Cómo debía integrarse al mundo? ¿Quién debía controlar la principal fuente de recursos fiscales? ¿Qué relación debía existir entre las provincias y el puerto de Buenos Aires? ¿Era posible construir un desarrollo económico autónomo o la inserción internacional imponía límites difíciles de superar? Estas preguntas acompañaron la formación del Estado, las guerras civiles, los proyectos de organización nacional y las distintas estrategias económicas que marcaron el siglo XIX. Este libro propone recorrer ese proceso desde una perspectiva que coloca a la economía en el centro de la explicación histórica. No se trata de reducir los acontecimientos a variables materiales ni de ignorar la importancia de las ideas, los liderazgos o los conflictos políticos. Se trata, por el contrario, de observar cómo las transformaciones económicas internacionales condicionaron decisiones locales y cómo los actores argentinos respondieron a desafíos que excedían ampliamente las fronteras del territorio rioplatense. La crisis de la monarquía española, la expansión comercial británica, las reformas borbónicas, la disputa por la renta aduanera, la construcción del Estado nacional y la consolidación del modelo agroexportador forman parte de una misma secuencia histórica. Entender esa secuencia permite observar que muchas de las tensiones que acompañaron el nacimiento de la Argentina no desaparecieron con el tiempo; adoptaron nuevas formas y continuaron influyendo sobre la vida política, económica y social del país. A más de dos siglos de aquellos acontecimientos, la discusión sobre soberanía económica, federalismo, inserción internacional y desarrollo sigue ocupando un lugar central en la agenda nacional. Por esa razón, este trabajo no busca únicamente reconstruir el pasado. Busca ofrecer herramientas para comprender cómo se formaron algunas de las estructuras económicas que marcaron la historia argentina y por qué muchas de sus consecuencias continúan proyectándose sobre el presente.
Capítulo I La economía europea del siglo XVIII y la transformación estructural del orden atlántico En este inicio de la obra es bueno que determinemos un parámetro de conocimiento claro para que en el devenir del escrito entendamos el contexto general sabiendo que Europa no ingresó al siglo XVIII como un continente homogéneo ni estable. Venía de guerras dinásticas, crisis fiscales, disputas religiosas y una larga experiencia mercantilista que había organizado la relación entre metrópolis y colonias bajo la lógica del monopolio comercial. Sin embargo, bajo esa apariencia de continuidad imperial, algo profundo comenzaba a desplazarse, la riqueza dejaba de definirse exclusivamente por la acumulación de metales preciosos y empezaba a medirse por la capacidad de producir, innovar y financiar la expansión. Durante los siglos XVI y XVII, la plata americana había sido el nervio financiero de Europa. Entre 1500 y 1800, según los cálculos clásicos de Earl J. Hamilton, América produjo cerca del 80% de la plata mundial. Potosí y México alimentaron el comercio europeo, financiaron guerras y sostuvieron sistemas fiscales. La monarquía española organizó su imperio sobre esa base, extraer metal, centralizarlo y redistribuirlo. Pero el siglo XVIII alteró esa ecuación. El eje del poder comenzó a desplazarse desde la extracción hacia la producción industrial. Eric Hobsbawm sostuvo que la Revolución Industrial fue “la transformación más radical de la historia humana desde la agricultura”. Y esa transformación tuvo un epicentro claro en Gran Bretaña. Entre 1700 y 1800 el comercio atlántico cuadruplicó su volumen estimado. Angus Maddison calculó que el producto bruto de Europa occidental creció de manera sostenida, con una aceleración marcada en la segunda mitad del siglo. Inglaterra pasó de representar aproximadamente el 15% del comercio europeo a comienzos del siglo XVIII a superar el 30% hacia 1800. Su flota mercante se convirtió en la mayor del mundo, superando en tonelaje combinado a varias potencias continentales. El mundo no asistía a un cambio casual ni espontáneo signado por los acontecimientos de manera aleatoria. Se encaminaba a redefinir los márgenes de explotación comercial del viejo mundo y el humano en la relación con los soportes coloniales y sus habitantes. La revolución agrícola inglesa precedió a la industrial. Los Enclosure Acts aprobados progresivamente entre los siglos XVII y XVIII, privatizaron tierras comunales y transformaron la organización rural. El sistema de rotación de cultivos de Norfolk incrementó rendimientos y redujo el barbecho. Entre 1700 y 1800 la productividad agrícola británica aumentó aproximadamente un 50%. Ese aumento permitió sostener una población urbana creciente y liberar mano de obra para la industria. La mecanización textil marcó el salto cualitativo. La Spinning Jenny (1764), el Water Frame (1769) y la Mule Jenny (1779) multiplicaron la producción de hilo y tejidos. Hacia 1800 Gran Bretaña ya concentraba cerca del 60% de la producción textil mecanizada europea. La fábrica reemplazó al taller disperso. La división técnica del trabajo se consolidó. La producción dejó de depender exclusivamente del artesano y pasó a depender de la máquina. La acumulación originaria de capital fue el combustible del proceso. Karl Marx describió la acumulación primitiva como el proceso violento de expropiación y expansión colonial que dio nacimiento al capitalismo. El comercio triangular entre Europa, África y América generó enormes excedentes. Entre 1700 y 1807, año en que el Parlamento británico abolió oficialmente la esclavitud, más de tres millones de africanos fueron transportados en barcos británicos hacia América. La explotación esclavista en plantaciones caribeñas generó capital comercial que luego fue reinvertido en maquinaria e infraestructura industrial pero mientras tanto el crisol de razas y la explotación humana era brutal y se convierte en una característica de la relación capital y renta en contra del bienestar de las poblaciones originarias. Lo que antecede describe que América no era una periferia pasiva. Fue parte constitutiva de la expansión europea. Enrique Dussel sostiene que la modernidad europea se construyó sobre la colonialidad. La riqueza americana fue condición de posibilidad del desarrollo europeo. Pero en el siglo XVIII comenzó a producirse una inflexión, la riqueza extraída ya no bastaba, era necesario transformarla productivamente. Es así que Inglaterra logró convertir excedente comercial en capital industrial. España no logró dar ese salto. La monarquía española ingresó al siglo XVIII debilitada por la Guerra de Sucesión (1701-1714). La llegada de la dinastía borbónica introdujo reformas administrativas orientadas a centralizar el poder y aumentar la recaudación. Sin embargo, la base productiva peninsular era limitada. No existía un sector manufacturero competitivo capaz de abastecer tanto al mercado interno como a las colonias. Carlos Marichal ha demostrado que las finanzas imperiales españolas enfrentaban déficits recurrentes en la segunda mitad del siglo XVIII. La participación en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y el apoyo a la independencia de Estados Unidos agravaron la deuda. Mientras Inglaterra contaba con un mercado de deuda pública consolidado, articulado alrededor del Banco de Inglaterra (fundado en 1694), por el contrario España carecía de un sistema financiero equivalente. Entre 1750 y 1800 la producción minera del Alto Perú mostró signos de estancamiento relativo en comparación con el siglo anterior. Aunque continuaba siendo significativa, su dinamismo no acompañaba la aceleración industrial británica. El imperio español seguía organizado bajo lógica mercantilista en un mundo que comenzaba a operar bajo lógica capitalista industrial; estas visiones sobre el mundo y las estrategias abordadas, fueron el signo de los caminos que ambas potencias encontraron para los éxitos y fracasos en sus poderes de dominación para América. Immanuel Wallerstein describió este período como consolidación de una economía de un nuevo mundo capitalista. En esa estructura, el centro industrial reorganiza la periferia como proveedora de materias primas y mercado consumidor. La división internacional del trabajo no fue declarada por decreto; emergió como resultado de la brecha productiva creciente. La Guerra de los Siete Años fue, tal vez, la consolidación no solo de la hegemonía naval británica como rúbrica de una estrategia militar y también de una visión geopolítica equivocada del imperio español, mientras el dominio marítimo garantizaba comercio y el comercio a su vez garantizaba industria, el Atlántico dejó de ser un espacio compartido para convertirse en un escenario hegemonizado por la potencia industrial emergente.
España intentó responder mediante reformas borbónicas
La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 respondió tanto a razones estratégicas como fiscales. El Reglamento de Libre Comercio de 1778 flexibilizó parcialmente el monopolio. Pero la liberalización fue limitada. No transformó la estructura productiva peninsular ni menos impidió la penetración comercial británica. En el Río de la Plata, el comercio creció notablemente entre 1778 y 1806. Tulio Halperín Donghi señala que Buenos Aires experimentó una expansión sostenida en exportaciones de cueros y derivados ganaderos. Sin embargo, ese crecimiento consolidaba un patrón primario-exportador dependiente de manufacturas europeas. El contrabando británico pasó de ser algo prohibido e incipiente una etapa linealmente de estructura. Las manufacturas inglesas ingresaban mediante redes comerciales que burlaban el monopolio. El mercado real desbordaba el orden jurídico imperial. La economía europea del siglo XVIII estaba redefiniendo el equilibrio global. La superioridad industrial británica generaba una brecha productiva creciente con el mundo hispánico. La plata ya no bastaba para sostener hegemonía, ahora el poder residía en la capacidad de producir y financiar expansión. Cuando en 1808 Napoleón invadió la Península Ibérica y se produjo el vacío de poder en España, la estructura imperial ya estaba colapsada por transformaciones previas. La crisis política actuó como detonante. Pero la raíz siempre fue económica. La Revolución de Mayo debe ser mirada concretamente bajo un prisma que refleja la expresión territorial de una reorganización estructural del sistema atlántico. La pregunta que comenzaba a formularse en el Río de la Plata no era solamente quién debía gobernar, sino bajo qué lógica económica debía organizarse el territorio. Inglaterra articuló un sistema en el cual el comercio, el crédito, la industria y el Estado funcionaban como engranajes complementarios. España, en cambio, sostenía un modelo en el que la administración imperial buscaba extraer recursos coloniales para sostener una estructura política y militar cada vez más costosa. El Banco de Inglaterra, permitió consolidar un mercado de deuda pública estable. El Estado británico podía emitir bonos respaldados por ingresos fiscales previsibles y por una economía productiva en expansión. Esa capacidad financiera le permitió sostener guerras prolongadas sin colapsar. Niall Ferguson ha señalado que la superioridad británica en el siglo XVIII no residía únicamente en su industria, sino en su sistema fiscal y militar, capaz de movilizar recursos con una eficiencia inédita. De más esta decir que la ceguera española y la comodidad del sometimiento al suelo americano, llevaron a que no logre desarrollar un sistema equivalente. Las bancarrotas parciales del siglo XVII habían debilitado la credibilidad financiera de la monarquía. En el siglo XVIII, aunque las reformas borbónicas intentaron modernizar la administración, la estructura fiscal seguía dependiendo en gran medida de la renta americana. Cuando esa renta fluctuaba, el equilibrio imperial se resentía. En paralelo, la economía francesa experimentaba crecimiento, pero con internas profundas. La falta de reformas estructurales también en su sistema fiscal desembocó en la crisis que detonó la Revolución Francesa en 1789. Francia competía comercialmente, pero tampoco logró consolidar un liderazgo industrial equivalente al británico antes de 1800. En este contexto, la economía del mundo atlántico comenzó a encontrar una difusa identidad, pero con mayor claridad que lo industrial sería un camino sin retorno en los devenires de la historia. Immanuel Wallerstein describió el surgimiento de un sistema jerárquico en el cual el centro industrial, principalmente Inglaterra, organizaba flujos comerciales globales. La periferia suministraba materias primas y absorbía manufacturas. América hispana quedaba integrada en esa lógica como espacio proveedor y mercado dependiente. El Río de la Plata ocupaba por entonces una posición singular dentro del imperio español. A diferencia de México o el Alto Perú, no era una región minera central durante los siglos XVI y XVII. Su desarrollo fue más tardío y vinculado al comercio ganadero. Sin embargo, hacia fines del siglo XVIII su importancia estratégica creció notablemente. La creación del Virreinato en 1776 respondió a múltiples factores que aquí sumamos a los expuestos antes, defensa frente a la expansión portuguesa, control del contrabando y mejora en la recaudación fiscal. Así es que Buenos Aires comenzó a consolidarse como puerto atlántico clave. Entre 1778 y 1806, el comercio legal del puerto se multiplicó varias veces, según estimaciones de Halperín Donghi y otros estudios económicos regionales. Pero esa expansión comercial no alteró la estructura básica que siempre veremos a lo largo de esta obra, se recicla como exportación de productos primarios e importación de manufacturas. Los cueros rioplatenses eran enviados a Europa, los textiles europeos retornaban al Plata. La relación entre el centro y la periferia comenzaba a delinearse con nitidez. Mientras parecía ordenarse el puerto del virreinato, el contrabando británico era parte constitutiva del sistema. Las manufacturas inglesas ingresaban mediante intermediarios portugueses y redes comerciales criollas. El monopolio español resultaba cada vez más difícil de sostener frente al dinamismo industrial británico. John Lynch señaló que el imperio español intentó reformarse para sobrevivir, pero sus reformas fortalecieron la administración sin transformar la base productiva. En términos cuantitativos, hacia 1800 Inglaterra producía aproximadamente una cuarta parte del producto industrial mundial. Su capacidad exportadora crecía año tras año. El algodón se convirtió en símbolo de una nueva etapa histórica, materias primas provenientes de colonias o regiones subordinadas eran transformadas industrialmente y reexportadas como manufacturas con alto valor agregado. La economía española, en cambio, no experimentó una industrialización comparable. La península mantenía estructuras agrarias tradicionales, baja productividad relativa y limitada innovación tecnológica. Las reformas borbónicas mejoraron eficiencia administrativa, pero no generaron siquiera un atisbo para una revolución productiva digna de intermediar y poner condiciones en un mercado que cada vez le era más esquivo. Este desfasaje estructural tuvo consecuencias políticas. Cuando la crisis dinástica de 1808 debilitó la autoridad central, las colonias americanas no se encontraban en la misma situación que en el siglo XVI. Habían experimentado expansión comercial, circulación de ideas ilustradas y mayor autonomía económica relativa. En el Río de la Plata, las invasiones inglesas de 1806 y 1807 demostraron la vulnerabilidad imperial y la capacidad de organización local. Las milicias criollas adquirieron protagonismo. La experiencia militar fortaleció una conciencia política emergente. Este hecho lo vamos a citar cada vez que el colapso colonial da paso al empoderamiento criollo. Pero la raíz de esa conciencia no fue exclusivamente ideológica. Fue en concreto el condicionante de una economía cuya fluctuación se hacía impredecible para coordinar en un mercado donde las reglas del juego las imponía el tercero en cuestión. El comercio rioplatense ya operaba en gran medida articulado con la economía atlántica. La pregunta potenciada que crecía era si el vínculo con España favorecía o limitaba ese desarrollo. Desde una perspectiva latinoamericana, la independencia puede leerse como una disputa por el control del excedente. ¿Quién administraría el comercio? ¿Quién definiría aranceles? ¿Quién regularía la inserción en el mercado mundial? La Revolución de Mayo fue también una respuesta a esas preguntas. El siglo XVIII cerró con un orden atlántico reorganizado. Inglaterra emergía como potencia industrial y naval dominante, mientras España intentaba sostener su imperio con reformas administrativas en un mundo que había cambiado estructuralmente y las demandas de productos industrializados estaban fuera de su competencia en el punto central en Europa. Cuando el centro imperial perdió capacidad de sostener la estructura económica que lo legitimaba, la periferia americana encuentra margen para redefinir su destino. La Revolución de Mayo fue también una expresión de ese margen.